En un texto de opinión, el autor sostiene que los primeros años del siglo XXI representaron el momento histórico de mayor equilibrio entre la tecnología y la vida cotidiana. Según su argumento, la tecnología de entonces facilitaba las tareas sin invadir la experiencia diaria: el móvil servía para llamar y enviar SMS, la música se escuchaba en CD, las fotos se tomaban con una cámara y el acceso a internet requería sentarse frente al ordenador y desconectar al terminar.
El autor describe cómo esa relación cambió con el tiempo. A la pregunta inicial de "¿cómo puede la tecnología facilitarnos la vida?" se impuso otra: "¿cómo puede la tecnología sustituir cada aspecto de nuestra vida?". Citas, amistades, compras, entretenimiento, mapas o recuerdos pasaron a depender de aplicaciones, mientras que las redes sociales transformaron la identidad personal en un continuo producto digital.
El ensayo identifica varios rasgos diferenciales de aquella época: la existencia de una frontera clara entre estar conectado y no estarlo, la posibilidad de mantener un nick anónimo, la ausencia de algoritmos decidiendo la relevancia del usuario y la presencia de una "fricción" tecnológica que obligaba a que las acciones fueran intencionales. También reconoce las limitaciones reales de la época, como la lentitud de internet, la mala calidad de las cámaras o los sitios web en Flash. La conclusión señala que el punto óptimo habría estado alrededor de 2003: lo bastante moderno para resultar útil y lo bastante primitivo para no absorber la vida de las personas.
