Este artículo reflexiona sobre el contraste entre la emoción que despertaban las novedades tecnológicas en las décadas de 1980, 1990 y 2000 y la sensación de estancamiento que predomina en la actualidad. El autor repasa una larga lista de dispositivos que marcaron un salto genuino en su vida: el primer vídeo, el microondas, el teléfono inalámbrico, el ordenador con Windows 95, internet, el reproductor de CD, el DVD, el satélite, los primeros televisores planos, el portátil, el móvil y el reproductor de mp3. Cada uno resolvía una limitación clara del anterior: más calidad, más portabilidad, más comodidad, sin inconvenientes relevantes. En los últimos veinte años, en cambio, solo identifica dos categorías verdaderamente nuevas: el smartphone, alrededor de 2012, y los auriculares con cancelación de ruido. El primero integró funciones antes separadas en un único aparato, pero con el tiempo ha derivado en problemas de uso que hoy pesan más que sus ventajas. Los segundos mantienen intacta su capacidad de sorprender. Frente a esta ausencia de saltos comparables, el autor observa un revival de tecnologías previas: jóvenes que recuperan cintas de casete, vinilos y DVD. Argumenta que, si existiera algo realmente innovador, no mirarían hacia atrás con tanta nostalgia, como sí ocurrió en los años noventa con la tecnología de los sesenta. El texto termina invitando a lectores de veinte años a compartir si han sentido esa misma fascinación inicial o si comparten la sensación actual de retroceso.
