Durante la Edad Media, los fantasmas no eran meras figuras sobrenaturales, sino entidades cargadas de significado religioso y social. Según doce relatos registrados a principios del siglo XV en la abadía cisterciense de Byland, Yorkshire, estas presencias respondían a la creencia de que las almas necesitaban purificarse en el purgatorio antes de alcanzar el cielo. Las obligaciones pendientes, como deudas o disputas hereditarias, justificaban el regreso de los difuntos, transformando las apariciones en experiencias que mezclaban terror y resolución espiritual.
Los textos describen encuentros violentos y perturbadores: un fantasma de un hombre excomulgado que robó cucharas de plata se leó con un caminante hasta dañarle la ropa, mientras que otro espíritu lanzó a un hombre por un seto para luego recogerlo. En otros casos, las apariciones resultaban en enfermedades o lesiones físicas, como la de una mujer que introdujo su mano en la carne podrida de un espectro. Estas historias reflejaban el miedo a los muertos y la necesidad de intervenir mediante la fe cristiana. Mientras que algunas comunidades recurrieron a prácticas extremas como enterrar o quemar cuerpos para impedir su regreso, otros relatos destacan la capacidad de la oración para ahuyentar a los espíritus. Un sastre ahuyentó a un fantasma gritando al invocar a Jesucristo, y otro espíritu adoptó la forma de un cuervo y un perro al no asistir a misa. Estos relatos, junto con hallazgos arqueológicos de mutilaciones en esqueletos de la aldea de Wharram Percy, ilustran cómo la religión y el miedo a la muerte definieron la percepción de los muertos en la sociedad medieval.
