Los 'creadores de contenido' generados por inteligencia artificial se han vuelto casi indistinguibles de las personas reales en redes sociales, según un análisis publicado en el boletín The Stepback. Plataformas como YouTube, TikTok e Instagram carecen de cifras sobre cuántos de sus usuarios son avatares sintéticos y sus políticas actuales resultan insuficientes para frenar el fenómeno.
La primera generación de influencers virtuales, como Lil Miquela, Imma y Shudu Gram, resultaba reconocible a simple vista y necesitaba estudios profesionales para su producción. Personajes más recientes, como Emily Pellegrini y Aitana López, están creados por agencias especializadas —The Clueless, en el caso de la española— y replican el estilo de vida de influencers profesionales con viajes, moda y eventos exclusivos.
La tecnología se ha abaratado y democratizado. Las imágenes fijas de personas falsas ya superan pruebas visuales rápidas, y el vídeo y el audio sintético avanzan con rapidez. Productos de Google, OpenAI, Higgsfield, HeyGen y ElevenLabs permiten a cualquier usuario crear avatares sin equipamiento profesional.
Estos perfiles se usan para vender productos de dropshipping, ejecutar estafas, difundir desinformación política y vehicular contenido sexual o racista. Bases de datos como Virtual Humans rastrean cientos de avatares populares, pero existe un océano de cuentas que pasan desapercibidas.
Las plataformas mantienen una posición ambigua: exigen etiquetas de IA en publicaciones individuales mientras promueven sus propias herramientas de generación y simulación de usuarios, lo que deja a los influencers sintéticos en un vacío regulatorio. El mercado de influencers virtuales, estimado en 12.000 millones de dólares en 2025, podría superar los 60.000 millones en 2030 según firmas de investigación.
