Conservantes, colorantes, emulgentes y filtros solares forman parte de la composición habitual de miles de productos que se adquieren en los supermercados, desde tortillas de patatas envasadas hasta cremas hidratantes. Su uso responde a una lógica industrial legítima: alargar la vida útil de los alimentos o estabilizar la textura de los cosméticos. Ahora bien, la normativa que regula estos aditivos suele avanzar por detrás del conocimiento científico, y un compuesto puede permanecer aprobado durante décadas antes de que los estudios obliguen a las autoridades a reabrir su expediente.
La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) reevalúa periódicamente estas sustancias, pero exige evidencia sólida y años de exposición antes de modificar la regulación. La inmensa mayoría de los aditivos autorizados cuenta con el respaldo de décadas de estudios toxicológicos, aunque conviene saber cuáles han generado mayor controversia y qué instituciones los han señalado.
Entre los conservantes más discutidos figuran el benzoato de sodio (E211), presente en tortillas, encurtidos y refrescos, y el sorbato de potasio (E202), habitual en hummus, quesos y vinos. La EFSA los ha reevaluado en 2015, 2016 y 2019 sin descartar genotoxicidad, aunque advierte de que ciertos grupos de población pueden superar la ingesta diaria admisible. El dióxido de titanio (E171), usado como colorante blanco en golosinas y cosméticos, ilustra el caso de mayor contundente regulatoria: la EFSA concluyó en 2021 que no puede descartarse su genotoxicidad y la Unión Europea prohíbe su uso como aditivo alimentario desde 2022, aunque sigue permitido en protectores solares.
Los antioxidantes BHA (E320) y BHT (E321), presentes en snacks y cereales, muestran los matices de estas evaluaciones: la IARC clasifica el BHA como posible cancerígeno (grupo 2B) y la Comisión Europea lo considera disruptor endocrino prioritario, mientras que el BHT carece de clasificación equivalente. Varios parabenos de cadena larga están prohibidos en cosmética en la UE desde 2014 por su potencial de disrupción hormonal. El nitrito de sodio (E250), habitual en embutidos, cierra la lista con la mejor documentación: la IARC clasificó la carne procesada como cancerígena de grupo 1 en 2015, sobre todo por la formación de nitrosaminas al cocinarse a alta temperatura.
