La introducción de las computadoras en las aulas estadounidenses se apoya en dos tradiciones pedagógicas surgidas en los años sesenta. La primera, la instrucción asistida por computadora (CAI), heredera de las máquinas de enseñar de Sidney Pressey y B.F. Skinner, buscaba automatizar el currículo escolar para ofrecer a cada estudiante un ritmo personalizado de aprendizaje. Su máximo exponente fue el sistema PLATO de la Universidad de Illinois, financiado por la Marina y la National Science Foundation, que evolucionó desde diapositivas lineales hasta terminales gráficos con simulaciones interactivas, como un laboratorio de química abierto. Su premisa de venta siguió siendo la misma que la de las máquinas de Skinner: acelerar la asimilación de matemáticas, lectura y ciencia en un contexto de Guerra Fría tras el Sputnik y de programas de la Gran Sociedad de Lyndon Johnson.
La segunda tradición nació en el Dartmouth College con el sistema DTSS, creado por John Kemeny y Thomas Kurtz. Frente a la CAI, que trataba al alumno como sujeto pasivo de la instrucción, DTSS proponía convertirlo en maestro de la computadora, una nueva revolución industrial que los futuros líderes debían comprender para evitar una tecnocracia. Para democratizar ese acceso inventaron el lenguaje BASIC.
En los años setenta el concepto se diluyó como "alfabetización informática" (computer literacy), término acuñado por Arthur Luehrmann, colega de Kemeny y Kurtz. Ya en los años ochenta, con los microordenadores llegando a las escuelas, la motivación real fue más emocional que intelectual: el deslumbramiento tecnológico se mezcló con el miedo a quedarse atrás, primero frente a la Unión Soviética y luego frente a Japón, cuya industria de chips y sistemas informáticos encendía las alarmas en los hearings legislativos, como los de la Computer Contribution Act de 1982.
