La idea de que trabajar sin parar equivale a mayor productividad está muy extendida, pero varios estudios científicos la cuestionan y matizan en qué situaciones las micropausas realmente ayudan. Un experimento con cirujanos, cuyo rendimiento afecta directamente a sus pacientes, les pidió realizar estiramientos de 1,5 a 2 minutos cada 20 o 40 minutos durante intervenciones quirúrgicas. El 57% de los participantes mejoró su rendimiento físico y el 38% reportó mayor concentración mental, además de menos dolor cervical y de hombros. Un segundo estudio del mismo grupo fue más optimista: el 100% señaló que su rendimiento físico mejoró o no empeoró. Sin embargo, cuando la investigación aplicó mediciones más objetivas, los resultados se moderaron: un ensayo aleatorizado durante apendicectomías laparoscópicas no encontró beneficios reales en resistencia muscular, precisión manual ni agotamiento, y tampoco un estudio de laboratorio que simulaba procedimientos de 90 minutos.
En el entorno de oficina, un trabajo de 2022 con 2.300 personas mostró que las micropausas producen una mejora pequeña pero constante en energía y vigor, y reducen significativamente la sensación de fatiga. El matiz clave es que su utilidad depende del tipo de tarea: en trabajos mecánicos o de baja exigencia cognitiva sí aportan, pero en tareas mentalmente intensas un descanso de dos minutos no mejora el desempeño, y los investigadores sugieren que el cerebro necesita pausas de más de diez minutos para recuperarse. Otro experimento con oficinistas con dolor de cuello, usando un software que obligaba a parar siete segundos cada cinco minutos y cinco minutos cada media hora, logró que el 55% percibiera mejoría frente al 34% del grupo de control, pero los cambios objetivos en los síntomas y las bajas laborales no variaron. La conclusión es que las micropausas tienen efectos subjetivos positivos, aunque su impacto objetivo es limitado y depende del tipo de esfuerzo.
