Una columna de The Observer sostiene que los líderes tecnológicos de Silicon Valley, en su mayoría hombres formados en disciplinas STEM, están atrapados en el solucionismo, una ideología que reduce problemas sociales complejos a retos algorítmicos. Las promesas de que la inteligencia artificial eliminará el cáncer, hará el trabajo opcional o multiplicará el PIB, defendidas por figuras como Dario Amodei y Elon Musk, reflejan esa desconexión. El economista Branko Milanović ha esbozado el resultado social de desplegar la IA sin freno: una pirámide de cuatro estratos. En la base, una población sobrante del 15-20% de la fuerza laboral, sin valor industrial, contentada con subsidios y entretenimiento. Encima, una clase trabajadora de servicios en precario. Sobre ellos, la clase homoplútica (3% de la población estadounidense actual), profesionales que combinan altos ingresos por capital y trabajo, cuyo tamaño crecerá con la IA. En la cúspide, una nueva aristocracia de miles de señores tecnológicos con enorme influencia política. El artículo concluye que la abundancia prometida por la IA deriva en una distopía crónicamente desigual e inestable, no por la maldad de la tecnología, sino por cómo se distribuyen (o no) sus ganancias económicas.
