La tesis que sitúa la Ogigia de la Odisea en la isla de Perejil y une a Bérard con Unamuno
En 1902, el helenista francés Victor Bérard publicó 'Les Phéniciens et l'Odyssée', una obra en la que defendía que la Odisea no era un cuento fantástico, sino un documento geográfico cifrado bajo poesía. Su método, que él mismo bautizó como "topología", consistía en rastrear cada topónimo griego hasta su raíz semítica original, arguyendo que los colonizadores helenos tradujeron los nombres fenicios sin llegar a borrarlos del todo. Aplicado al texto homérico, el resultado fue explosivo: la isla de Ogigia —donde la ninfa Calipso retiene a Ulises durante siete años— no sería otra que el islote de Perejil, el peñón triangular de 15.000 metros cuadrados, sin agua potable ni habitantes, situado a apenas 200 metros de la costa marroquí.
La coincidencia geográfica resulta llamativa. Bérard señaló que la cueva descrita por Homero encaja con la cueva real de la isla: una entrada de unos veinte metros de alto por siete u ocho de ancho, con dos salas interiores capaz de albergar, según los derroteros mediterráneos de la época, hasta doscientos hombres. El nombre de la ninfa Calipso derivaría del griego "kalypto", ocultar, lo que convertiría a Ogigia en la "isla del Escondrijo". Y aquí venía el salto más audaz: de ese topónimo fenicio, "I-spania", habría nacido el nombre de España.
La tesis cruzó el Pyreneo con rapidez. El 10 de junio de 1902, Eduardo Gómez de Baquero, conocido por el seudónimo Adrenio, la resumió en las páginas del periódico cartagenero 'La Época'. Apenas diecisiete días después, el 27 de junio, Miguel de Unamuno firmó en la revista 'Alrededor del Mundo' su artículo "España-Perejil y la isla de Calipso", donde celebró el ingenio de Bérard y, fiel a su estilo, introdujo una digresión sobre el río Guadix —del árabe wadi— y una apostilla personal: él prefería explicar "España" desde el vascuence, a partir de "ezpaña", labio, por la forma que la península dibuja en el mapa de Europa. El País reeditó el texto de Unamuno el 25 de julio de 2002, apenas cinco días después de que España resolviera militarmente el incidente de Perejil con Marruecos.
Sin embargo, la comunidad filológica recibió la propuesta con cautela. Ya en 1904, las reseñas del libro en la 'Revue des Études Anciennes' y la 'Revue des Études Grecques' admitían que el principio de la topología era incuestionable —los asentamientos humanos responden a las condiciones de su entorno—, pero cuestionaban su aplicación concreta al caso de Ogigia. Georges Radet llegó a escribir que "una admiración que se prohíbe la crítica no vale gran cosa". Un siglo después, un volumen reciente de la École française d'Athènes cierra el debate historiográfico: la localización de Bérard no tiene respaldo en la tradición literaria antigua y nadie la retomó con seriedad. Su valor actual sería servir de contrapeso al "milagro griego" y a las lecturas ahistóricas de Homero, sobre todo las nacidas del nacionalismo alemán del siglo XIX.
Lo cierto es que la candidata dominante desde la Antigüedad es otra: la isla de Gozo, en el archipiélago maltés, propuesta ya por Evémero en el siglo IV a.C. y por Calímaco en el III a.C. Estrabón y Plutarco, por su parte, situaban Ogigia directamente en el océano Atlántico. Un estudio de la Universidad de Malta contabiliza al menos doce islas candidatas a lo largo de la historia, desde la griega Ozoní hasta Corfú.
En cuanto al origen de "España", el tesauro de toponimia histórica del Ministerio de Cultura sitúa el consenso en una raíz semítica —ugarítica, fenicia o hebrea— del segundo milenio antes de nuestra era, aunque el significado sigue discutiéndose. La versión más popular, la de Samuel Bochart en 1646, lee "tierra de conejos", apoyándose en Catulo, que llama a la península "cuniculosa". Otras propuestas interpretan "costa del norte" o "costa de los metales". Un matiz que la tesis de Bérard ignora es que la palabra fenicia "is-pan-ya" nunca aparece documentada en ninguna inscripción: se trata, en el mejor de los casos, de una reconstrucción lingüística.
Mientras la filología debate, la literatura ha seguido jugando con la idea. Álvaro Cunqueiro, en 'Las mocedades de Ulises' (1960), convirtió esta superposición entre mito y archivo en una mezcla de registros donde la fabulación coquetea con la historia para volver a contar el cuento. Quizá porque esa es la clave de los clásicos: que el héroe homérico quede suspendido entre el mapa y la voz, permeable ante cualquier máquina de reescritura.
