Un ensayo autobiográfico sostiene que la promesa tecnológica que marcó la infancia de los millennials —los Game Boy, los CD-ROM de Call of Duty, la conexión a internet de alta velocidad— se ha agotado. El autor, un millennial estadounidense, contrasta la emoción con la que él y sus amigos desmontaban hardware, leían manuales y soñaban con jugar en línea con sus primos, con la apatía actual ante dispositivos como un Apple Watch en oferta. Argumenta que la curva exponencial de adopción tecnológica se está convirtiendo en una sigmoide: la demanda se aplana porque la sociedad ya está "informacionalmente obesa" y busca reducir el consumo, igual que ocurrió con el agua caliente, cuya innovación dejó de percibirse como tal tras generalizarse el calentador doméstico.
El texto distingue entre estar "en contra de la tecnología" y reconocer que "la tecnología se ha terminado" como motor cultural. Los padres millennials restringen ahora el acceso de sus hijos a las pantallas, alarmados por sus efectos en la salud mental, mientras ellos mismos instalan software para "empedrar" sus teléfonos y limitar su funcionalidad. La generación Z más joven habría recibido, en torno a 2020, lo peor de ambos mundos: tecnología avanzada sin ninguna restricción.
El ensayo entrelaza recuerdos concretos —la compra del Call of Duty 2, los puertos ethernet del GameCube, el calentador de agua oxidado— con una tesis sobre la saturación tecnológica y el cambio de valores. El texto queda cortado al final, sin conclusión explícita, pero la línea argumental apunta a una resignificación cultural: el progreso técnico ya no genera aspiración ni asombro.
