La segunda etapa de un Falcon 9 de SpaceX impactará contra la Luna el 5 de agosto

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El próximo 5 de agosto de 2026, a las 08:35 hora peninsular española (06:35 UTC), la segunda etapa de un cohete Falcon 9 de SpaceX impactará contra la Luna tras más de un año orbitando de forma descontrolada alrededor de la Tierra. El objeto, catalogado como 2025-010D, viajará a unos 8.700 kilómetros por hora (2,43 km/s) y tiene una masa estimada de 4.900 kilos, según los cálculos del astrónomo Bill Gray, desarrollador del software Project Pluto.

La etapa superior fue lanzada a principios de 2025 como parte de una misión que transportaba el módulo Blue Ghost de Firefly Aerospace y la sonda Hakuto-R Mission 2 de la empresa japonesa ispace. Tras desplegar su carga, el elemento no reutilizable quedó como basura espacial en una órbita elíptica que cruza la trayectoria lunar. En el punto de intersección con el satélite, el impacto será inevitable.

Según las estimaciones de Gray, basadas en más de un millar de observaciones y en los datos del impacto lunar de 2022, la colisión liberará aproximadamente 14.500 millones de julios, una energía equivalente a unas tres toneladas de TNT, y abrirá un cráter de unos 17 metros de diámetro. El impacto podría excavar unos 450 metros cúbicos de terreno y desplazar alrededor de 1.100 toneladas de regolito lunar. El choque se producirá en las inmediaciones del cráter Einstein, prácticamente en el borde visible de la Luna.

Aunque ni la NASA ni SpaceX han confirmado oficialmente el evento, la trayectoria del objeto ya ha sido incorporada al sistema Horizons del Jet Propulsion Laboratory (JPL), lo que refuerza la validez de las predicciones. Gray advierte de que, si bien el impacto es seguro, la hora exacta todavía puede variar.

Este no es el primer caso de un objeto humano impactando contra la Luna de forma no intencionada. En marzo de 2022, un cuerpo de cohete que llevaba años sin control chocó contra la cara oculta del satélite y abrió dos cráteres contiguos de 16 y 18 metros de diámetro. Distintos análisis lo relacionaron con la etapa superior de la misión china Chang'e 5-T1, aunque China nunca lo reconoció oficialmente. A diferencia de la Tierra, cuya atmósfera destruye o funde gran parte de los objetos antes de que alcancen la superficie, la Luna carece de ese escudo, por lo que los restos espaciales llegan prácticamente intactos al suelo.

Según la Agencia Espacial Europea (ESA), los objetos espaciales de aproximadamente un metro o más reentran en la atmósfera terrestre alrededor de una vez por semana. La mayoría se desintegra, aunque las piezas fabricadas con titanio, acero inoxidable u otros materiales resistentes pueden sobrevivir y alcanzar la superficie terrestre.

El impacto no representa ningún peligro para la Tierra ni para las personas, y tampoco provocará una alteración apreciable de la Luna en su conjunto. Su efecto será esencialmente local: además del cráter, triturará y fundirá parcialmente el regolito y lanzará material alrededor del punto de colisión. Las señales de esta colisión permanecerán durante muchísimo tiempo, ya que en la Luna no hay viento, lluvia, ríos ni actividad geológica significativa que borre rápidamente las huellas sobre su superficie.

Determinar cuántos objetos humanos hay actualmente sobre la Luna no es sencillo, dado que no existe un inventario internacional completo y actualizado. El catálogo publicado por la NASA en 2012 ocupa 22 páginas y recoge desde sondas y etapas de cohetes hasta pequeños utensilios abandonados por los astronautas. Solo la misión Apollo 11 dejó más de cien artefactos. Desde entonces se han sumado nuevos módulos, rovers y restos de misiones de países como Estados Unidos, China, India, Israel, Japón y Rusia.

Aunque la presencia de este material no constituye una crisis de basura comparable a la existente en la órbita terrestre, la situación plantea interrogantes científicos y ambientales de cara al futuro. Las naves introducen metales, combustibles, lubricantes, agua y otros compuestos terrestres en un entorno que se ha mantenido prácticamente inalterado durante miles de millones de años. El verdadero desafío aparecerá si el número de misiones sigue aumentando sin normas claras para decidir qué hacer con las etapas superiores, dónde deben aterrizar las naves y qué regiones necesitan una protección especial por su valor científico, histórico o por la posible presencia de hielo.