El sueño bifásico, un patrón de descanso que dividía la noche en dos bloques separados por una vigilia, fue el hábito predominante en la Edad Media y la Edad Moderna. Este fenómeno, documentado por el historiador Roger Ekirch y confirmado experimentalmente por el psiquiatra Thomas Wehr, permitía a las personas dormir entre las 9 y las 11 de la noche, vigilar durante el día y dormir de nuevo hasta el amanecer. La transición hacia el sueño continuo se atribuye principalmente a la Revolución Industrial, impulsada por la introducción de la iluminación artificial y la estandarización de los horarios laborales. Estudios recientes, como los de Gandhi Yetish y Jerome Siegel en 2015, han verificado que poblaciones sin electricidad, como los hadza, los san y los tsimane, siguen dormiendo en un único bloque, mientras que un estudio en Madagascar en 2017 confirmó la persistencia de patrones bifásicos en comunidades agrícolas. Aunque el sueño bifásico puede ofrecer ventajas cognitivas, los modelos modernos de sueño polifásico, como el Uberman o el Everyman, no alcanzan las 7 u 8 horas recomendadas y pueden afectar negativamente a la salud. La higiene del sueño, que incluye horarios regulares y la limitación de pantallas, sigue siendo la estrategia más eficaz para mantener un descanso óptimo.
