Las olas de calor que azotan Europa, con temperaturas superiores a los 40 °C a finales de junio, han provocado escenas de compradores forzando puertas de tiendas en Francia para hacerse con ventiladores y aires acondicionados portátiles antes de que se agotaran. La Agencia Internacional de la Energía prevé que dos tercios de los hogares mundiales dispongan de aire acondicionado en 2050, frente al 20 % actual en Europa y apenas el 4 % en el Reino Unido, un porcentaje muy lejano al 90 % de Estados Unidos.
El aire acondicionado se ha convertido en un arma política. Marine Le Pen promete desplegarlo en Francia si su partido llega al poder, mientras que los conservadores británicos se han comprometido a derogar las normas de cero emisiones netas que restringen su instalación en nuevas viviendas. La izquierda argumenta que beneficiaría sobre todo a los ricos y atraparía a Europa en un ciclo de alto consumo energético similar al de EE. UU. y Asia.
Más allá del confort, el aire acondicionado es ya una herramienta de salud pública. Se estima que en 2019 evitó cerca de 200.000 muertes prematuras de personas mayores de 65 años. Europa, el continente que más rápido se calienta, necesitará soluciones eficientes: los aires acondicionados actuales generan alrededor del 3 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, más que la aviación. Para reducir esa huella, la UE prohibirá en los próximos años los refrigerantes fluorados, altamente contaminantes. En paralelo, científicos como el profesor Paul Motzki, de la Universidad de Saarland, trabajan en sistemas de refrigeración de estado sólido basados en aleaciones de níquel-titanio que podrían enfriar estancias entre 5 y 10 °C sin necesidad de refrigerantes.
