Slate, un fabricante emergente con sede en Míchigan, presentó la semana pasada una camioneta eléctrica modular cuyo modelo básico cuesta menos de 25.000 dólares, una cifra muy inferior a los 55.000 dólares de precio medio del segmento en Estados Unidos. La clave de ese precio reside en su batería de litio ferrofosfato (LFP), una química inventada en EE. UU. en los años sesenta pero perfeccionada y dominada por China, donde se concentra el 97,8 % de la producción mundial de cátodos LFP.
En 2022, la ley climática aprobada por el Congreso excluyó a los materiales procedentes de China, Rusia, Irán y Corea del Norte del crédito fiscal de hasta 7.500 dólares por vehículo eléctrico, lo que desincentivó el uso de LFP. La eliminación de ese crédito el pasado verano por el Congreso, alineado con la promesa electoral de Donald Trump de acabar con el «mandato del coche eléctrico», liberó esa restricción. Fabricantes como Slate, Ford, Tesla, GM y Rivian han retomado el interés por la química LFP para sus modelos más asequibles.
Slate equipará sus camiones con baterías fabricadas por Gotion, filial estadounidense de una empresa china, ensambladas en Illinois. El modelo ofrece ahora 205 millas de autonomía por carga, frente a las 150 prometidas inicialmente. Otros fabricantes, como LG Energy Solution —que producirá 50 GWh de capacidad LFP este año— y Samsung, destinan parte de esa producción a sistemas de almacenamiento estacionario, donde el peso y la menor densidad energética de las LFP resultan menos problemáticos. Analistas y fabricantes coinciden en que, pese al avance, EE. UU. necesitará invertir miles de millones y formar mano de obra especializada para reducir la dependencia del gigante asiático en esta química.
