La NASA ha confirmado el final del Observatorio Neil Gehrels Swift. Tras fracasar la misión de rescate Link, desarrollada por la empresa Katalyst Space, la agencia espacial ha decidido reactivar dos de los tres telescopios del observatorio para recopilar la mayor cantidad posible de datos científicos antes de su inevitable reentrada en la atmósfera terrestre, prevista con más de un 90% de probabilidad para finales de 2026.
Swift fue lanzado en 2004 con el objetivo de estudiar algunos de los fenómenos más energéticos del universo. Equipado con tres telescopios capaces de observar en rayos gamma, rayos X, ultravioleta y luz visible, se convirtió durante más de dos décadas en una herramienta indispensable para registrar estallidos de rayos gamma, supernovas, erupciones de rayos X y galaxias activas con agujeros negros supermasivos.
El problema de fondo es estructural: Swift no cuenta con un sistema de propulsión propio. La resistencia que ofrece la atmósfera terrestre residual ha ido frenando su órbita de manera progresiva, y la intensa actividad solar reciente ha acelerado el proceso al expandir la atmósfera y aumentar el rozamiento. Las estimaciones iniciales apuntaban a que el observatorio no alcanzaría altitudes críticas hasta 2030, pero el escenario se ha adelantado varios años.
Ante este panorama, la NASA contrató a Katalyst Space Technologies para construir en tiempo récord, solo nueve meses, una nave de rescate bautizada como Link. El plan era sencillo en su planteamiento: brazos robóticos se fijarían al observatorio y un propulsor de xenón lo elevaría a una órbita más estable. El 3 de julio de 2025, Link fue lanzado al espacio.
Sin embargo, poco después del despegue comenzaron los problemas. Según fuentes citadas por Wired, las ruedas de reacción y el sistema de propulsión de gas frío de Link fallaron, y la nave empezó a moverse de forma incontrolada. Ni la NASA ni Katalyst lograron estabilizarla, y a mediados de agosto ambas dieron la misión por perdida. El propio CEO de Katalyst, Ghonhee Lee, había advertido antes del lanzamiento que Swift no fue diseñado para ser reparado, mientras que Shawn Domagal-Goldman, director de la división de astrofísica de la NASA, calificó la misión como de alto riesgo y alta recompensa. La apuesta salió mal.
Con el rescate descartado, la NASA ha adoptado una estrategia pragmática: exprimir Swift hasta el final. Los instrumentos llevaban varios meses apagados para reducir la resistencia atmosférica y preservar la orientación de los paneles solares. Ahora se han encendido dos de los tres telescopios y el equipo científico ha retomado las observaciones. La paradoja es inevitable: al reactivar los instrumentos, aumenta de nuevo la fricción con la atmósfera y se acelera la desorbitación, pero no existe ya alternativa viable.
El equipo de operaciones ha anunciado que llevará a cabo tantas observaciones como sea posible durante el tiempo restante. El legado científico de Swift es notable: en 21 años ha alertado a telescopios en tierra sobre eventos transitorios, ha documentado la destrucción de estrellas por agujeros negros y ha registrado algunos de los estallidos de rayos gamma más extremos jamás detectados.
El desenlace plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de los observatorios espaciales sin capacidad de propulsión propia. El telescopio espacial Hubble atraviesa una situación análoga: se está desorbitando gradualmente y, aunque se planteó la posibilidad de construir una nave similar a Link para rescatarlo, la NASA alberga dudas crecientes sobre la rentabilidad de la operación tras el fracaso de Swift.
En las próximas semanas y meses, Swift seguirá cayendo. La mayor parte de su masa se desintegrará al atravesar la atmósfera, aunque algunos componentes resistentes podrían alcanzar la superficie. Las proyecciones sugieren que los restos caerán probablemente en el océano, sin riesgo para la población, aunque los equipos de seguimiento mantendrán una vigilancia constante.
La historia de Swift es, en última instancia, la de un instrumento que cumplió con creces su misión científica pero que no fue diseñado para perdurar indefinidamente. La NASA asume ahora un final anunciado y convierte las últimas semanas del observatorio en una oportunidad para sumar datos a un catálogo de dos décadas de observación del universo más violento.
