La llamada ingeniería agéntica —el desarrollo de software asistido por agentes de inteligencia artificial— no exige, en realidad, prácticas nuevas: reproduce las mismas rutinas que la ingeniería de software lleva décadas recomendando y que la presión de plazos suele dejar en el cajón. El texto parte de la idea de que muchas de las supuestas novedades que rodean a los agentes (documentar funciones, redactar pull requests descriptivos, mantener documentación al día, escribir pruebas significativas, configurar linters automáticos, discutir diseños antes de codificar o centralizar las conversaciones en canales abiertos y localizables) forman parte del trabajo básico de cualquier equipo. El autor lamenta que la irrupción de los bots haya sido lo que, por fin, ha empujado a muchos equipos a adoptarlas.
Un compañero de trabajo lo resume en una cita incluida en el artículo: decidió mejorar la documentación para que los agentes futuros la respetaran, cuando antes habría sido difícil asegurar que todo el equipo la memorizara. La reflexión lleva al terreno conceptual con el concepto de mētis, tomado del antropólogo James C. Scott: ese conocimiento tácito que solo se adquiere con la práctica y la adaptación a casos concretos. Los agentes carecen de ese juicio situacional, por lo que cualquier fricción que ya exista en un equipo —comunicación deficiente, dependencias mal gestionadas, refactorizaciones a mitad de sprint— se amplifica con los agentes. La conclusión es directa: si la ingeniería normal ya resulta difícil en una organización, añadir IA no la arregla; igual que añadir personas a un proyecto retrasado lo retrasa más. Superponer agentes a un sistema disfuncional, sea de personas o de software, no resuelve el problema de fondo.
