El autor reflexiona sobre el impacto de la inteligencia artificial en el empleo y defiende una postura contraria a la sacralización de los trabajos. Argumenta que los empleos son simplemente un medio de supervivencia, a menudo antidemocráticos y desgastantes, y que la obsesión por preservarlos es irracional. Cita a Noam Chomsky para señalar la paradoja de sociedades que se proclaman democráticas mientras sus ciudadanos pasan la mayor parte de su tiempo en organizaciones jerárquicas. El autor sostiene que cualquier tecnología que reduzca la necesidad de empleos debería celebrarse, no temerse. También aborda la cuestión de si la IA puede reemplazar ciertos trabajos: reconoce que la IA actual no es inteligente como los humanos y duda de que se logre una AGI (inteligencia artificial general) con el enfoque actual de los grandes modelos de lenguaje. Sin embargo, advierte que muchos trabajos asalariados, incluido el trabajo intelectual, consisten en tareas repetitivas que la IA ya puede realizar. La parte genuinamente humana, la que la IA no puede hacer, a menudo no es necesaria ni deseada en el ámbito laboral. El texto menciona un artículo de Rutger Bregman sobre la negación de la IA, pero el autor discrepa en cuanto al crecimiento exponencial de capacidades, aunque cree que las capacidades actuales ya pueden generar un cambio masivo en el futuro del trabajo. No predice un fin total del empleo, pero sí una transformación profunda que, en su opinión, no es necesariamente negativa.
