En los últimos meses, varios consejeros delegados de empresas tecnológicas han enviado mensajes internos a sus plantillas exigiendo un uso intensivo e inmediato de herramientas de inteligencia artificial generativa, con el argumento de que quienes no se adapten deberían buscar otro empleo. Algunos han llegado a habilitar rankings por consumo de tokens o a organizar hackatones internos. Mike Masnick, editor de Techdirt, sostiene que estas prácticas son contraproducentes: obligar a un equipo a usar un sistema de IA no genera competencia, sino rechazo, y carece de sentido medir el aprendizaje por el número de tokens consumidos, ya que un uso acrítico puede ser directamente ineficiente.
Masnick parte de una postura favorable a la tecnología: considera que los modelos de lenguaje pueden ser aliados muy valiosos cuando un profesional decide voluntariamente incorporarlos a su flujo de trabajo. El problema, explica, es que los CEOs suelen estar demasiado alejados del trabajo real como para calibrar el alcance de lo que hacen estas herramientas. Cuando prueban un agente de programación y obtienen un prototipo funcional, tienden a extrapolar: si yo solo he logrado esto, ¿para qué necesito a todo mi equipo? Ese salto ignora la diferencia entre construir algo que funciona y construir algo que funciona a escala, de forma segura, cumpliendo requisitos legales, de accesibilidad y de mantenimiento.
El artículo recoge el diagnóstico de Aaron Levie, consejero delegado de Box, que describe el fenómeno como una especie de psicosis empresarial ante la IA. Masnick coincide en el fondo, aunque rechaza el término por su imprecisión clínica. A su juicio, buena parte de los anuncios de despidos masivos justificados por la IA esconden, en realidad, errores de contratación durante la fase de expansión del sector. La recomendación es directa: los directivos deben experimentar con la tecnología, pero también con sus limitaciones, antes de decidir que pueden prescindir de las personas que conocen de verdad el oficio.
