A pesar de la rápida adopción de la inteligencia artificial, el uso del papel y las herramientas digitales tradicionales sigue siendo fundamental para el pensamiento y la escritura. El autor argumenta que la IA no debe reemplazar a las tecnologías existentes, sino integrarse de manera estratégica en flujos de trabajo específicos. Cada tecnología posee cualidades inherentes que influyen en el resultado final; por tanto, la selección de la herramienta adecuada es crucial para maximizar la productividad. La IA, aunque revolucionaria, presenta limitaciones en su forma más básica, como el chat, especialmente en tareas especializadas, lo que explica la frustración asociada a su uso sin herramientas de orquestación. La historia de la computación, desde MS-DOS hasta los procesadores de texto, demuestra que la innovación tecnológica requiere un desarrollo gradual y la adaptación de los usuarios. No se trata de ser luddita, sino de reconocer que la IA es una tecnología que debe ser moldeada y refinada para servir a las necesidades humanas. El autor concluye que la IA permitirá y reemplazará muchas funciones, pero nunca sustituirá el papel, ya que este último ofrece una flexibilidad y una agencia creativa que las interfaces digitales actuales no pueden igualar. La clave reside en la capacidad de los profesionales para elegir y adaptar las herramientas a sus objetivos específicos, manteniendo la agencia en el proceso creativo.
