En plena ola de calor con máximas por encima de los 40 grados y apagonesgeneralizados, miles de franceses han agotado en ferreterías el 'blanc de Meudon', unproducto de limpieza clásico desde el siglo XVIII que mezclado con agua permite pintarcristales y reflejar la radiación solar. La tiza, compuesta de carbonato cálcico,apenas absorbe luz, así que la temperatura interior baja varios grados. La idea recuerda alos pueblos blancos mediterráneos, a las pinturas ultrablancas de la Universidad Purdue ya tradiciones arquitectónicas que España ha ido olvidando.
El artículo pone cifras: untar yogur en los cristales, según la Universidad deLoughborough, reduce la temperatura 0,6 grados de media y hasta 3,5 los días soleados,pero un apantallamiento con persianas, cortinas o papel de aluminio consigue entre 5 y 6grados de descenso. En París ya se ven mantas térmicas pegadas a las ventanas.
La verdadera reflexión va más allá de la anécdota: el texto denuncia la"urbanalización" que iguala los centros de las ciudades europeas con las mismasm franquiciasy la pérdida de soluciones arquitectónicas adaptadas al clima. Los pueblos mediterráneos son blancos, recuerda, porque lo son desde hace siglos: sus estructuras, gruesas y claras, son una herencia técnica que conviene recuperar antes de acabar imitando a los franceses y pintando lasventanas con cal.
