El anime vive su mejor momento comercial, pero su base creativa se desmorona. En la última década el mercado mundial casi se ha triplicado hasta alcanzar unos 19.000 millones de dólares, según un informe de 2024 de la Association of Japanese Animations, mientras que el sector de producción facturó más de 2.000 millones, un 23% más que el año anterior. El auge lo explica el tirón exterior: entre 2012 y 2022 los ingresos foráneos se multiplicaron por seis y los suscriptores de Crunchyroll pasaron de 3 a 21 millones desde 2020. Varias películas de anime encabezaron la taquilla estadounidense.
Detrás de ese éxito asoma un cuello de botella. El número de series emitidas al año supera las 300, frente a poco más de 100 a principios de siglo, pero la plantilla de animadores apenas ha crecido: de unos 4.500 en 2010 a entre 5.000 y 6.000 hoy. La atomización de tareas y la ausencia de formación en cadena, vigente desde los años setenta, han vaciado el oficio. Críticos y profesionales temen que la producción pierda el trazo a mano, el «tegaki», seña de identidad del anime frente al CGI. Estudios, distribuidores y docentes intentan ahora reconstruir carreras e instituciones para evitar el colapso creativo de un arte que algunos, como la activista Fukumiya Ayano, dan por condenado si nada cambia.
