Un desarrollador de software comparte una crisis existencial tras conocer que el último modelo de Claude refutó la conjetura jacobiana, un problema matemático de enorme complejidad. Aplica a su oficio la cita de Neil deGrasse Tyson sobre Dios como un bolsillo de ignorancia científica que se reduce con el tiempo, y se pregunta si ese bolsillo ahora es él: un profesional cuyo valor económico mengua a medida que la inteligencia artificial domina la programación, las matemáticas y, en general, tareas que antes requerían experiencia humana. El texto no cuestiona el valor filosófico de las personas, sino su utilidad en el mercado laboral.
El autor describe una sensación que califica de surrealista: mientras la IA alcanza nuevos hitos técnicos, la mayoría de la gente sigue con sus rutinas —trabajo, vacaciones, redes sociales— sin reparar en la magnitud del cambio. Reconoce que en países en desarrollo la transformación será más lenta, pero teme que, mirándolo con suficiente perspectiva, el desplazamiento sea inevitable.
Ante ese panorama, plantea tres respuestas posibles: acumular patrimonio para no depender del trabajo, buscar una vida más autosuficiente (por ejemplo, cultivar sus propios alimentos) o reírse cuando un modelo de lenguaje falla en tareas triviales. Confiesa que ha optado por la primera vía y está construyendo un SaaS B2B como software developer, aunque admite resultados magros hasta ahora y la sospecha de que la tecnología avanzará más rápido de lo que él puede adaptarse. Concluye con un tono entre sombrío e irónico, citando la famosa frase de la película "Airplane!" sobre haber elegido la peor semana para dejar de esnifar pegamento.
