La conexión social regular es un factor determinante para la salud y la esperanza de vida, comparable en importancia a la alimentación y el ejercicio. Según Carmen Prieto, psicóloga y directora de Nirán Psicología y Bienestar, el aislamiento social y la soledad actúan como una amenaza constante para el cerebro, elevando los niveles de cortisol y la inflamación, lo que acelera el envejecimiento celular. La Organización Mundial de la Salud (OMS) proyecta que la población mayor de 60 años se duplicará entre 2015 y 2050, pasando del 12% al 22% de la población mundial, lo que subraya la necesidad de un envejecimiento activo y conectado.
El Estudio de Harvard sobre el Desarrollo Adulto, con más de 80 años de seguimiento, concluye que la calidad de las relaciones personales es el mejor indicador de salud y longevidad. La amistad y la red de apoyo emocional fortalecen el sistema inmunológico, reducen el estrés y retrasan la fragilidad. Prieto destaca que la calidad del vínculo supera a la cantidad de contactos; se necesitan 'personas refugio' con las que sentirse escuchados y seguros. Además, advierte que las interacciones virtuales no sustituyen al contacto presencial, ya que el cerebro humano necesita la mirada, el tono de voz y la gestualidad para sentirse verdaderamente vinculado, evitando así la 'soledad conectada'.
Para fortalecer estos vínculos, se recomienda priorizar la familia y las amistades cercanas, dedicando tiempo semanal a compartir experiencias informales. También es útil participar en actividades comunitarias que combinen movimiento físico y socialización, como senderismo o clubes de lectura, que generan identidad y pertenencia. Finalmente, Prieto enfatiza la importancia de planificar la 'longevidad emocional', cultivando aficiones y un proyecto vital propio más allá de los roles laborales o familiares, para reconstruir la identidad en momentos de transición como la jubilación.
