El desarrollo de software enfrenta una tensión creciente entre la capacidad de detectar errores y la viabilidad de corregirlos, especialmente en la era de la inteligencia artificial. Un investigador de pruebas de propiedad (PBT) argumenta que, aunque la detección de bugs es verifiable y fácil de validar, la resolución de estos problemas es compleja, costosa y a menudo inválida para el usuario final. El autor, quien ha reportado más de 500 errores en un mes, señala que la fatiga de los mantenedores del código, como la de Postgres o Z3, ha disminuido la velocidad de corrección. La conclusión central es que la prueba de software debe integrarse en el ciclo de desarrollo (in vivo) en lugar de limitarse a la verificación posterior (in vitro). Reportar todos los errores, especialmente los antiguos que no afectan la funcionalidad, es una estrategia inviable que consume recursos valiosos. En su lugar, se propone una selección estratégica de bugs que mejoren la seguridad o la corrección funcional real, priorizando la utilidad sobre la perfección absoluta. Esta perspectiva busca equilibrar la presión de la verificación formal con la necesidad práctica de mantener sistemas utilizables y eficientes.
