El augurio de que la inteligencia artificial acabará con el empleo masivo no se refleja, por ahora, en las cifras macroeconómicas ni en los análisis sectoriales disponibles. El propio cofundador de Anthropic, Dario Amodei, había advertido en 2024 de que la IA podría eliminar la mitad de los empleos de entrada en un plazo de uno a cinco años, pero el informe publicado por su propia compañía en marzo constata que no se detecta un aumento sistemático del desempleo entre los trabajadores más expuestos desde finales de 2022. Sam Altman, CEO de OpenAI, también matizó en mayo su discurso: "no creo que vaya a haber una apocalipsis laboral como la que algunas empresas de nuestro sector proclaman".
La productividad laboral de Estados Unidos ha crecido menos en los tres primeros años de la era de la IA que durante el boom informático iniciado a mediados de los noventa, a pesar del gasto desbocado en centros de datos. Claude, el modelo de Anthropic, cubre apenas el 33% de las tareas del área de informática y matemáticas, cuando en teoría podría asumir casi el 100%. El índice Nasdaq, impulsado por valores vinculados a la IA, acumula una caída cercana al 8% desde su máximo de principios de junio.
Expertos como el economista del MIT David Autor y el premio Nobel Daron Acemoglu sostienen que el impacto se modera porque la IA no sustituye ocupaciones enteras, sino tareas concretas, y porque la automatización parcial tiende a revalorizar el resto del trabajo humano, según la llamada "argumentación del O-ring". No obstante, la adopción crece con rapidez, el gasto energético de los centros de datos podría duplicarse antes de 2030 hasta unos 945 TWh, y el retorno económico de las inversiones sigue sin estar claro.
