Un programador reflexiona sobre cómo los currículos, portafolios y correos generados con grandes modelos de lenguaje están vaciando de personalidad a quienes buscan empleo. Tras doce años revisando candidaturas, cuenta que en los últimos meses ha detectado solicitudes claramente coescritas con IA, con sitios web de portafolio generados por IA y repositorios de GitHub con mensajes de commit también producidos por IA. Lo mismo ocurre con los correos de venta que recibe, que siguen una fórmula reconocible de observación personal más propuesta de producto.
El autor entiende la utilidad de estas herramientas, pero critica que quien recurre a ellas para presentar su trabajo termina siendo invisible: no hay voz propia, no hay proceso, no hay nada que permita adivinar qué tipo de persona se sentará en la mesa de al lado. Frente al miedo a ser descubierto por imperfecto o a mostrar aficiones y gustos considerados extraños, defiende que publicar el trabajo —con erratas y titubeos incluidos— es un acto de valentía tanto como de talento. Cita a escritores y artistas que explican que cualquier obra es la mitad de una conversación entre dos personas, y que conocer al autor —su seriedad, su humor, su sufrimiento, su rebeldía— resulta tan relevante como la propia obra. Concluye que esconderse detrás de una máquina impide precisamente esa conexión humana que un currículum o un portafolio deberían propiciar.
