En septiembre de 1995, John R. Mashey, entonces en Silicon Graphics, publicó en los grupos de noticias comp.arch y comp.lang.c un análisis detallado sobre los plazos en los que la industria podría necesitar procesadores de 128 bits. Partiendo de la observación de que la densidad de la memoria DRAM se multiplica por cuatro cada tres años (unos 2 bits de dirección física cada 3 años), Mashey calcula que, si se añaden 32 bits de direccionamiento físico para cubrir entre dos y tres generaciones de DRAM, harían falta aproximadamente 48 años para volver a necesitar un salto equivalente desde los 64 bits. Tomando como referencia 1995 —momento en que varios clientes ya demandaban máquinas con más de 4 GB de memoria física y al menos cuatro fabricantes estaban enviando chips de 64 bits—, su estimación principal sitúa la transición hacia 128 bits en torno a 2043. Si la presión de la memoria virtual creciera más rápido por el uso intensivo de ficheros mapeados y ficheros con huecos, esa fecha podría adelantarse hasta alrededor de 2020. Mashey advierte, no obstante, de que la transición de 64 a 128 bits no será simétrica respecto a la de 32 a 64, porque añade el doble de bits y, por tanto, requiere el doble de tiempo, y recuerda que existen soluciones como registros de mapeo externos o cambios reservados al código de núcleo para postergar la necesidad de CPUs más anchas sin molestar al código de usuario. En réplicas posteriores, Mashey ironiza sobre las CPUs de 1024 bits —un número absurdo para uso general— y explica que el datapath entero de 64 bits del R10000 ocupa solo un 20% del die, por lo que alcanzar un datapath de 1024 bits exigiría alrededor de diez encogimientos de proceso, unos treinta años más. Sus conclusiones refuerzan la idea de que los anchos de palabra se duplican por necesidad real de memoria direccionable, no por moda tecnológica.
