La historiadora y escritora de The New Yorker, Jill Lepore, presenta en su nuevo libro The Rise and Fall of the Artificial State (El auge y la caída del Estado artificial), publicado el 25 de agosto, una tesis ambiciosa: el Estado-nación liberal está siendo sustituido por un "Estado artificial" en el que corporaciones privadas y bots han asumido funciones esenciales de la vida democrática. La obra, analizada en una entrevista reciente con Nilay Patel en el podcast Decoder de The Verge, recorre 150 años de historia para demostrar cómo la cuantificación de la vida social —desde los primeros censos hasta el microtargeting político de los años 80— ha desembocado en una automatización que aplana la condición humana y vacía de contenido la deliberación democrática.
Según Lepore, profesora de historia y derecho en Harvard, el "Estado artificial" designa una forma política en la que las funciones tradicionales del Estado-nación constitucional —especialmente el espacio público donde los ciudadanos se informan y debaten— han sido privatizadas. "Nuestro discurso público está casi enteramente privatizado y es propiedad de corporaciones", afirma. "La prioridad no es la libre expresión de ideas ni la deliberación democrática, sino la monetización de la atención y de la indignación". A este fenómeno se suma un dato alarmante: en plataformas como X, Facebook y TikTok, los bots superan ya en número a los usuarios humanos, y muchos de ellos son gestionados por actores estatales, criminales o terroristas.
El libro identifica un punto de inflexión crítico en la década de 1980, cuando Silicon Valley empezó a dominar la cultura tecnológica y el microtargeting computarizado se convirtió en práctica habitual tanto en publicidad como en campañas políticas. Lepore traza una línea histórica que va desde la invención de las encuestas "científicas" por George Gallup en 1935 —que sustituyeron el contacto directo entre candidatos y votantes por el análisis de datos— hasta la era actual de inteligencia artificial, donde la aceleración de estas tendencias es, en sus palabras, "considerable".
No obstante, Patel matiza el argumento de Lepore desde una perspectiva optimista. El periodista reconoce que internet democratizó el acceso a la información y permitió el surgimiento de medios como The Verge y programas como Decoder, logros que no deberían descartarse a pesar de las críticas legítimas al modelo. Ante esta discrepancia, Lepore responde con un argumento sistémico: los sistemas de poder se adaptan continuamente al uso que los ciudadanos hacen de las nuevas tecnologías, lo que convierte la pugna entre control corporativo y libertad individual en un proceso dinámico y nunca resuelto.
En el terreno de las posibles soluciones, Lepore se muestra cautelosamente esperanzada. Aunque admite haber querido escribir "un libro quejoso", su análisis no es catastrofista. Celebra, por ejemplo, que los recién graduados universitarios abucheen a los CEOs de inteligencia artificial en las ceremonias de fin de carrera, un gesto que interpreta como señal de una resistencia generacional frente al dominio tecnológico.
La obra se inscribe en un debate más amplio sobre la decadencia democrática y el retroceso del Estado de derecho, temas que Lepore aborda combinando rigor historiográfico con prosa accesible. Su tesis central —que medirlo todo es un acto deshumanizador que reduce las preocupaciones humanas a datos manipulables— resuena con fuerza en un momento en que la inteligencia artificial y las plataformas digitales reconfiguran las bases mismas de la convivencia política.
A la espera de su recepción crítica completa, The Rise and Fall of the Artificial State se perfila como una de las contribuciones intelectuales más relevantes del año sobre los efectos políticos de la tecnología, planteando una pregunta incómoda: si los bots ya hablan más que los humanos en las plazas públicas digitales, ¿qué queda del contrato social sobre el que se construyeron las democracias modernas?
