Recurrir a la comida para aliviar el malestar emocional es una conducta frecuente: entre el 40 % y el 45 % de la población adulta y cerca del 30 % de los adolescentes lo hacen en situaciones de estrés, ansiedad o tristeza. No se trata de un trastorno psicológico por sí mismo, pero cuando la estrategia se vuelve habitual puede derivar en un problema. La ingesta emocional se asocia con el consumo reiterado de alimentos hipercalóricos, ricos en azúcar o grasa, lo que incrementa el riesgo de obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares y trastornos de la conducta alimentaria.
Un metaanálisis elaborado por investigadoras de la Universidad del País Vasco ha confirmado que las personas con mayor dificultad para gestionar emociones negativas tienden a usar la comida con más frecuencia. Esta relación se observa tanto en personas con problemas psicológicos como sin ellos, y se mantiene en todas las edades y géneros, con una intensidad similar en mujeres y en hombres, aunque ellas recurran algo más a esta conducta.
El trabajo también muestra que el vínculo no aparece con las emociones positivas, solo con las negativas, y subraya que aprender a regular las emociones desde edades tempranas tiene efectos beneficiosos más allá de la relación con la comida. Terapias como la cognitivo-conductual, el protocolo unificado, la terapia dialéctica y el mindfulness han demostrado mejorar la gestión emocional, con efectos sostenidos en el seguimiento. Identificar qué se siente y qué situaciones lo desencadenan, practicar atención plena y desarrollar estrategias adaptativas ante el estrés son claves para evitar que el impulso de comer sin hambre se cronifique.
