Hace una semana, a más de 320 kilómetros de la Tierra, el satélite Link, del tamaño de un refrigerador y en camino hacia el observatorio Swift de la NASA, perdió el control de orientación y comenzó a girar sobre varios ejes. La nave, construida por la empresa de servicios satelitales Katalyst Space Technologies, perdió dos de sus tres ruedas de reacción y presentó fallos en varios propulsores de gas frío, lo que impidió mantener un enlace estable de comunicaciones con la estación terrestre. Katalyst firmó con la NASA un contrato de 30 millones de dólares para acoplarse a Swift, elevar su órbita y evitar su reentrada atmosférica. Es la primera vez que la agencia espacial estadounidense contrata a una compañía privada para reparar uno de sus satélites, y le dio a Katalyst menos de un año para preparar la misión. Link despegó el 3 de julio y el vuelo transcurrió según lo previsto hasta el sábado. Según Ghonhee Lee, CEO de Katalyst, el incidente ocurrió durante un pase sin comunicaciones, poco después de una configuración estable. El equipo, desde un centro de control cerca de Denver, intenta ahora frenar gradualmente el giro utilizando los motores de plasma de xenón, diseñados principalmente para elevar la órbita, pero que también pueden orientar la nave gracias a su cardán de dos ejes. El resto de los sistemas, incluida la alimentación eléctrica y los brazos robóticos de captura, siguen operativos, aunque el margen de tiempo para completar el rescate es de unos pocos meses antes de que Swift quede demasiado bajo.
