Un ingeniero de infraestructura cuenta cómo terminó instalando un circuito eléctrico exclusivo en el suelo del salón para enchufar varias máquinas de raclette sin regletas ni alargadores, con su propio icono de queso en el plano eléctrico. La anécdota es el pretexto para una reflexión más amplia sobre el coste de cambio en edificios frente al software. Mientras que en la nube provisionar más capacidad es cuestión de cambiar un parámetro o hacer una llamada a una API, modificar algo empotrado en una pared, bajo el suelo o enterrado en el jardín requiere obras, picar baldosas o abrir zanjas, como le ocurrió a su vecino.
El autor aplica en su casa y en un pequeño despacho de 12,5 m² en el jardín una regla sencilla: si algo es barato de instalar ahora y caro de añadir después, se instala ahora. Así, el despacho cuenta con ocho fibras monomodo, acometida 5G6, cableado preparado para placas solares, switch PoE 10G y punto de acceso Wi-Fi 7, aunque vaya a alimentar básicamente un portátil y varias pantallas.
El artículo advierte del error contrario con los conductos: 35 mm, sin cuerdas de tiro redundantes ni fotos, resultaron insuficientes años después. La conclusión es clara: en obras conviene dimensionar generosamente lo difícil de cambiar y decidir más adelante qué se conecta.
