Un equipo de investigadores de la Universidad de Bradford identificó en las excavaciones del Castillo de Stirling, en Escocia, lo que podría ser la única víctima mortal documentada por el impacto directo de un trebuchet en la historia. El hallazgo, presentado por la paleopatóloga Jo Buckberry en el 25º Encuentro Europeo de la Asociación de Paleopatología, se basa en el análisis forense de los restos óseos conocidos como "Esqueleto 150", un hombre que murió en el sitio del castillo y cuyo cuerpo apareció junto a otros ocho también víctimas de muertes violentas.
Los huesos del Esqueleto 150 presentaban un patrón de destrucción excepcional: el cráneo fracturado en 61 fragmentos, otros 60 fragmentos óseos distribuidos entre las costillas, el hombro derecho roto y la pierna derecha prácticamente destrozada por encima de la rodilla. Los investigadores sometieron los restos a análisis forenses, microscopía, radiografías y tomografías microcomputarizadas, y todas las pruebas apuntaban a un único impacto aplastante, con una fuerza capaz de causar todas esas lesiones de manera simultánea.
Según Buckberry, citada por Science.org, los casos más similares que encontró en la literatura forense moderna eran accidentes de coche y atropellos de tren. Descartando explicaciones más mundanas —el hombre no fue pisoteado por un caballo, ni arrollado por un carro, ni cayó desde las murallas con la fuerza o el ángulo suficientes—, los investigadores concluyeron que la única hipótesis compatible con el patrón de las heridas era el impacto de un proyectil pesado a gran velocidad. En el contexto del asedio al Castillo de Stirling en 1304, durante las Guerras de Independencia escocesas, esa respuesta solo podía ser una: una piedra lanzada por un trebuchet.
Un trebuchet medieval funcionaba mediante un contrapeso de entre 10 y 100 veces más pesado que el proyectil, que al caer impulsaba la piedra a gran velocidad. Utilizando las calculadoras históricas de tiro disponibles, los investigadores estiman que una máquina de la época podía lanzar un proyectil de 90 kilogramos a entre 200 y 300 kilómetros por hora, lo que supone una energía de impacto de algo más de 200 kilojulios. El Esqueleto 150 fue alcanzado presumiblemente en la parte trasera de la cabeza y el hombro derecho, quedando además aplastado contra el suelo por el peso de la piedra.
Buckberry subraya un matiz importante: los trebuchets y demás máquinas de asedio no eran armas antipersona. Su objetivo eran murallas y fortificaciones, y aunque las personas alrededor sin duda sufrían lesiones por escombros o derrumbes, los ingenieros medievales no apuntaban a individuos. El hombre del Esqueleto 150 tuvo la mala suerte de estar exactamente en el lugar equivocado. "Si bien el uso de máquinas de asedio está bien documentado, creemos que esta es la primera evidencia de traumatismo por trebuchet en el registro arqueológico", escribió la investigadora, aunque advirtió que "la falta de casos forenses directamente comparables sigue siendo una limitación".
En cuanto a la identidad del fallecido, los análisis iniciales sugieren que se trataba probablemente de un escocés, lo que coincide con el contexto histórico: en 1304, el castillo era escenario del asedio inglés liderado por Eduardo I. Aunque falta por completar el perfil completo del individuo, el hallazgo ofrece una ventana excepcional a la violencia real del combate medieval, un ámbito del que rara vez quedan huellas físicas directas.
El caso demuestra que, incluso cuando los textos históricos solo mencionan la maquinaria en términos militares, la arqueología puede aportar la dimensión humana que los cronistas omitieron. Si el hallazgo se confirma como concluyente, el Esqueleto 150 será no solo una curiosidad, sino el primer testimonio material de un tipo de traumatismo que, por su intensidad, hasta ahora solo podía compararse con accidentes modernos.
