Henry Ford, creador del Ford Model T y de la producción en cadena, dejó en 1922 una reflexión que aún hoy resulta provocadora: según recoge Richard Snow en 'I Invented the Modern Age: The Rise of Henry Ford', el empresario afirmaba que 'ninguno de nuestros hombres es un experto' y que la compañía deshacía su relación con cualquier trabajador en cuanto este empezara a creérselo. La razón, explica el libro, era que nadie que realmente conozca su trabajo se considera un experto: en el momento en que alguien adopta esa mentalidad, sostenía Ford, 'una gran cantidad de cosas se vuelven imposibles'.
La idea conecta con la tradición filosófica de Sócrates y su 'sólo sé que no sé nada', y entronca con el método de la fábrica fordista, basada en la extrema especialización del operario, la repetición de movimientos y la disciplina de la cadena de montaje. En ese contexto, la última palabra sobre cualquier asunto la tenía Ford, que además se atribuía una visión global del producto que nadie más poseía. El propio biógrafo señala que el éxito del Model T llevó a Ford a un estado de 'infalibilidad' tal que cada orden suya, por ilógica que pareciera, acababa funcionando.
El artículo también recuerda la estrategia salarial de Ford: para asegurar puntualidad y presencia en la cadena, llegó a repartir la mitad de los beneficios con sus empleados, lo que disparó la demanda de empleo en sus fábricas. Esa combinación de incentivos económicos, automatización extrema y rechazo de cualquier disidencia interna dibuja un modelo de gestión tan eficaz como autoritario, cuyo legado sigue siendo objeto de debate.
