Hace un cuarto de siglo, Metro de Madrid abordó una de sus obras de ingeniería más complejas: la construcción de las cocheras de Cuatro Vientos y el túnel de acceso bajo la M-40 y la A-5, con 300.000 metros cúbicos de arena removidos. El proyecto, ejecutado en 2002, respondió a la necesidad de ampliar la capacidad de la línea 10 —hoy con casi 84 millones de usuarios anuales— ante la integración de MetroSur y la llegada de los nuevos trenes de las series 7000 y 8000.
La obra planteó un reto técnico sin precedentes: en algunos puntos, entre la calzada de la M-40, por la que circulan más de 120.000 vehículos diarios, y las vías del tren apenas quedaban cuatro metros de separación, poco más de una planta de edificio. Esa distancia obligó a descartar el método tradicional de excavación en mina y a recurrir al sistema cut and cover, que permite cavar un falso túnel a cielo abierto y recubrirlo después.
El resultado fue una instalación subterránea de 395.441 metros cuadrados con capacidad para 30 trenes y más de cinco kilómetros de vías, complemented un edificio auxiliar con una sala de simulación para futuros conductores. La línea 10, que enlaza el sur de Madrid con el norte y los principales centros financieros de la capital, mantiene desde entonces su papel como uno de los ejes de movilidad más transitados de la red.
