Una guía visual de campo sobre los chiles del mundo recorre el camino que va desde el chiltepín silvestre —una baya diminuta del sotobosque americano— hasta los 176 cultivares dibujados a mano por el autor. El texto arranca con la ecología del pimiento original: la capsaicina evolucionó hace más de 40 millones de años como un filtro que castiga a los mamíferos (cuyo aparato digestivo destruye las semillas) y resulta invisible para las aves, que dispersan los frutos a kilómetros de distancia. Esa molécula, diseñada para aves, es la base química de cada chile que se consume hoy.
A partir de ese ancestro común, agricultores indígenas de distintas regiones de América seleccionaron durante siglos tamaño, color, grosor de la pared, picor y conservación, dando lugar a cinco especies domesticadas. Capsicum annuum es la más extendida en los supermercados; Capsicum chinense concentra el extremo superior de calor en la escala Scoville; C. baccatum domina los Andes; C. frutescens aporta frutos pequeños, erguidos y picantes; y C. pubescens, de semillas negras, se quedó en las altitudes frescas de los Andes donde se originó.
Tras el encuentro de Colón con los chiles en su primer viaje, las rutas comerciales portuguesas y españolas los llevaron a África y Asia, donde los agricultores locales hicieron exactamente lo mismo que sus colegas americanos: seleccionar, adaptar y crear cultivares propios. El chile de Cachemira, el cheongyang coreano y el Dragon tailandés, recuerda el artículo, son en realidad un regalo culinario de América. La guía cierra con 176 ilustraciones hechas a pluma, rotuladores Copic y lápiz sobre papel de 9x12 pulgadas, que trazan esa historia a través de las cinco especies y sus cultivares derivados.
