El software actual presenta una degradación técnica notable, pero esta situación no es nueva; de hecho, la calidad del código ha empeorado en comparación con las décadas anteriores. Aumentar la producción de código sin reducir proporcionalmente la tasa de errores resulta en aplicaciones más propensas a fallos, un fenómeno que ha sido documentado por ingenieros durante años. La nostalgia de que el software antiguo era superior es un mito; en realidad, los sistemas operativos de la época, como Windows, sufrían inestabilidad extrema y problemas de seguridad significativos.
En los años 90, la estabilidad era un reto constante. Los drivers de dispositivos, instalados en medios físicos como disquetes o CDs, eran frecuentemente defectuosos y provocaban el famoso 'Blue Screen of Death' (pantalla azul de muerte). Además, el sistema operativo no gestionaba bien los recursos, lo que llevaba a una degradación progresiva del rendimiento hasta el colapso total. La seguridad era igualmente precaria; los usuarios podían acceder a sistemas restringidos mediante atajos de teclado y los equipos estaban expuestos a malware publicitario y virus que saturaban la red. La fragmentación de discos duros, un problema técnico inherente a los sistemas de archivos de la época, ralentizaba drásticamente el arranque de las máquinas, requiriendo procesos manuales de optimización. Aunque existían excepciones como las distribuciones Linux o las aplicaciones para Mac, la mayoría de los usuarios dependían de hardware con limitaciones de memoria estrictas, lo que obligaba a los programadores a optimizar el código al extremo. El software moderno, aunque más estable en aspectos básicos, ha perdido la calidad de ingeniería que caracterizaba a los sistemas de la era de los disquetes y los CDs.
