El siluro en el Ebro: medio siglo de una invasión que empezó antes que el pez

Fuentes: El siluro en el Ebro: medio siglo de una invasión que empezó antes que el pez

En 1974, un supuesto biólogo alemán liberó siluros en los grandes embalses del Ebro, pero la invasión de esta especie centroeuropea no empezó con él, ni terminó con él. Las presas de Mequinenza (1966) y Riba-roja (1969) transformaron 150 kilómetros del río en un lago profundo, cálido y rico en nutrientes, un entorno casi a medida para un pez que solo el frío mantiene a raya en su área natural. A esa transformación se sumó en 1992 la introducción ilegal del alburno, que acabó llenando el frigorífico del siluro junto a otras especies exóticas como lucios y percas americanas.

El resultado es hoy una presencia imparable: el siluro ocupa ya el Tajo, el Duero, el Júcar, el Guadalquivir, el Ter, el Llobregat y cuencas del País Vasco y la Rivera de Huelva. Entre 2000 y 2009 su superficie se multiplicó por seis y, según los modelos, el Ebro podría saturarse antes de 2030. En el embalse de Torrejón, un seguimiento de once años publicado en 2023 mostró cómo el siluro pasó de captura anecdótica a dominar el 66% de la biomasa, mientras el barbo ibérico caía del 74% al 21% y la densidad total se desplomaba de 2.400 a menos de 300 peces por hectárea.

La presión humana previa sobre los ríos, sostienen los expertos, es lo que permite al siluro multiplicarse sin freno. En mayo de 2026, el investigador Sergio Bedmar confirmó detecciones en La Señuela, el punto más cercano a Doñana registrado hasta ahora, y los científicos admiten que la erradicación es una utopía. La pesca deportiva, con 69.000 licencias de un día en Aragón solo en 2024, intenta contener una población que ya ha aprendido incluso a cazar pájaros en la orilla.