El problema del chófer: cuando el técnico sabe más que el jefe

Fuentes: The Chauffeur Problem

Cuando el automóvil llegó a las calles, los ricos contrataron a sus antiguos cocheros para conducirlo, creyendo que el trasvase de personal sería natural. La realidad fue otra: los primeros coches se averiaban sin cesar — Cadillac llegó a anunciar en 1903 que con un Cadillac se compraba un viaje de ida y vuelta, por la posibilidad de quedarse tirado — y solo quien entendiera la mecánica tenía verdadero control sobre el vehículo.

El historiador Kevin Borg relata cómo un titular del New York Times de 1906, "Chauffeurs Lord It Over Their Employers", sintetizaba la tensión de aquellos años. Los cocheros habían funcionado dentro de una jerarquía clara: eran deferentes, gestionaban a otros sirvientes y se lucraban con los suministros, pero carecían de talento mecánico. Los nuevos chóferes, en cambio, procedían del mundo de la mecánica, sin códigos de servidumbre: conducían los coches a su antojo, hacían excursiones con ellos y se quedaban con dinero de la operación, sin cortapisas sociales. Su poder radicaba en un conocimiento que el patrón no poseía.

La situación se estabilizó tras la Primera Guerra Mundial, cuando los coches empezaron a ser fiables y los propietarios aprendieron a conducirlos. El episodio ilustra un patrón que, según el narrador John Lienhard, se repite con cada tecnología: las mecanógrafas dominaban a quien dependía de ellas hasta que llegaron los procesadores de texto; los especialistas informáticos ocupan hoy un lugar análogo al de los primeros chóferes. La conclusión es que el conocimiento otorga poder, pero se trata de un poder temporal, porque el conocimiento fluye. Quienes quedan a merced de otros son quienes rehúsan aprender a manejar su propia máquina.