Un URI —un localizador uniforme de recursos— solo merece llamarse «fresco» o «cool» si se mantiene sin cambios a lo largo del tiempo. Esa es la tesis central de Tim Berners-Lee en su artículo de referencia sobre arquitectura de la web. El texto sostiene que las direcciones no cambian por sí solas: las cambian las personas, y lo hacen por falta de previsión o por exponer en la URL detalles técnicos innecesarios (extensiones de scripts, nombres de empleados, tecnologías de servidor).
El autor desgrana las excusas más habituales para alterar un URI —reestructuración del sitio, cambio de responsable, migración a otro lenguaje de servidor— y rebate cada una con una alternativa concreta: mantener nombres abstractos, desacoplar la URL de la ruta física en el sistema de archivos y apostar por servidores configurables como Apache. También alerta del espejismo de los URN —identificadores de recursos persistentes— y recuerda que su estabilidad depende, en última instancia, del compromiso organizativo de quien los publica, no del esquema tecnológico elegido.
Como ejemplos contrapuestos, el artículo compara dos direcciones de la National Science Foundation: una salpicada de «cgi-bin» y extensiones .pl, abocada a romperse; y otra con formato «pubs/1998/…», pensada para perdurar décadas. La conclusión es nítida: diseñar un URI exige reflexión. Hay que dejar fuera todo lo que pueda variar (autor, tecnología, departamento) y conservar lo estable, como la fecha de creación. La duración objetivo de una buena dirección no es dos años, sino veinte o doscientos.
