Cada pocos meses alguien anuncia, medio en broma, que está aterrado de morir, pero el miedo rara vez trata sobre la muerte en sí. Aparece en mesas de cocina, tras malas evaluaciones laborales, en mensajes a las dos de la madrugada. Lo que realmente se teme es morir siendo la persona equivocada: antes de aclararse, de enamorarse de verdad, de hacer algo que importe o de reparar lo que la infancia dejó.
Muchos crecen imaginando un yo futuro —a los veinticinco, a los cuarenta, cuando sea— que por fin se sentirá coherente. Los caminos académicos o los empleos que no encajan del todo se vuelven tolerables porque el verdadero yo supuestamente espera entre bambalinas. El problema surge cuando los cumpleaños se acumulan y la puerta del escenario nunca se abre. Entonces el miedo a morir se funde con el miedo a ser interrumpido en plena farsa.
Quienes más lo sufren son, a menudo, personas visiblemente exitosas que eligieron primero los objetivos de otros. Alguien en el armario a los cuarenta, o alguien atrapado dos décadas en una profesión que nunca fue suya, ilustran el mismo pánico: no a morir, sino a morir dentro del disfraz.
Debajo subyace una idea nunca formulada: que existe una versión sólida y definitiva del yo a la que debemos llegar. Pero las personas admiradas no son estatuas pulidas, sino trayectorias llenas de intentos torpes y experimentos fallidos. Ser auténtico significa dejar de disculparse por la combinación concreta de decisiones que las trajo hasta aquí.
Así, temer morir “antes de convertirse en uno mismo” puede ser también una forma de aplazar la responsabilidad de ser quien se es hoy. El ensayo propone un deseo más sereno: no un gran clímax, sino una integridad simple —poder mirar atrás desde cualquier día y decir, imperfecta pero reconociblemente, “esa soy yo. No me escondía”.
