Un narrador anónimo relata, en primera persona, una sucesión de percances domésticos y cotidianos que desencadenan su muerte. Todo comienza al encender la cocina: el mango de una sartén, colocado sobre la llama, le funde la mano dominante. Prosigue con la búsqueda de comida y un desayuno marcado por una quemadura y una ceguera parcial tras contemplar el amanecer. La escena se vuelve progresivamente más disparatada: un mensaje jocoso a una amiga provoca su ruptura definitiva; la parálisis ante el catálogo de Netflix consume una década de su vida y acumula deudas millonarias; y, finalmente, una torre de correo acumulado durante esos años lo sepulta al abrir la puerta.
El protagonista despierta en un vacío negro infinito, donde una figura encapuchada le da la bienvenida a la muerte y le confirma que permanecerá solo y sin estímulos para siempre. Ante la pregunta de si vivió equivocadamente, el emisario responde con una reflexión: nadie cuenta con toda la información para tomar las decisiones correctas, y lo humano es precisamente equivocarse. Tras un intercambio breve y desencantado, la figura desaparece. El narrador, sin ganas de sentarse ni de procesar lo ocurrido, elige una dirección arbitraria y empieza a caminar en la oscuridad.
El texto funciona como un cuento filosófico de humor absurdo que utiliza la hipérbola para examinar la fragilidad de la vida cotidiana, el peso de las decisiones triviales y la soledad última de la existencia.
