Un cohete de SpaceX se estrelló contra la Luna el miércoles, generando una nube de escombros que abre un debate urgente sobre los riesgos de la basura espacial para las futuras bases lunares. El impacto, registrado cerca del cráter Einstein en el borde occidental de la cara visible del satélite, no fue un accidente aislado, sino un experimento científico sin precedentes que podría transformar la planificación de misiones tripuladas al satélite.
La etapa superior del cohete Falcon 9, de cuatro toneladas métricas y un tamaño comparable al de un edificio de cinco plantas, llevaba 18 meses a la deriva desde que despegó de Florida en enero del año anterior. Su misión original consistió en transportar dos módulos de aterrizaje lunar —uno de los cuales, el Blue Ghost de Firefly Aerospace, logró posarse con éxito en la superficie, marcando un hito en la exploración privada del satélite—. Tras completar su tarea, la etapa carecía de combustible suficiente para regresar a la Tierra o situarse en una órbita estable, por lo que quedó vagando en una trayectoria elíptica que la oscilación gravitatoria de la Tierra, la Luna y el Sol fue alterando progresivamente.
Según la fuente de Wired, que cita un estudio prepublicado por investigadores del Laboratorio Nacional de Los Álamos, el impacto se produjo a las 06:34 UTC a una velocidad aproximada de 5.400 mph —unas siete veces la velocidad del sonido—. Al no existir atmósfera que frenara el proyectil, la colisión liberó una energía equivalente a tres toneladas de TNT y habría abierto un cráter de hasta 27 metros de diámetro y cinco metros de profundidad. La fuente de la BBC sitúa el impacto a las 07:35 BST (06:35 GMT) y estima una posible pluma de polvo de hasta 100 kilómetros visible durante varios minutos tras el choque. Ambas fuentes coinciden en que el flash fue demasiado breve y tenue para que los aficionados pudieran detectarlo con telescopios convencionales, aunque los grandes observatorios de América, donde aún era de noche, sí podrían capturar el fenómeno.
El astrofísico Bill Gray, creador del proyecto Pluto —software dedicado al rastreo de órbitas de asteroides, cometas y satélites artificiales—, fue el primero en calcular la trayectoria del cohete errante y participar en la investigación científica derivada. Gray, junto con su equipo, modeló el evento antes de que ocurriera, convirtiendo el accidente en un experimento controlado. Para los geocientíficos planetarios, esta colisión es una oportunidad única para validar sus modelos sobre la formación de cráteres y la eyección de material.
El evento llega en un momento crítico para la exploración lunar. China y Estados Unidos están acelerando sus planes para establecer bases permanentes en el satélite como parte de la próxima década, y el programa Artemis de la NASA prevé lanzar las primeras instalaciones tripuladas en los próximos años. Benjamin Fernando, investigador del Laboratorio Nacional de Los Álamos y coautor del estudio, advirtió que incidentes de este tipo serán cada vez más frecuentes a medida que se intensifiquen las misiones no tripuladas y tripuladas. "Es ideal para estudiar los riesgos directos de impacto y los indirectos, como la interferencia de una nube de eyección con naves en órbita lunar", señaló Fernando a ABC News.
No es la primera vez que un cohete impacta accidentalmente contra la Luna. En marzo de 2022, una etapa del cohete chino Long March 3C golpeó la superficie y dejó un cráter de 29 metros de ancho, un antecedente que confirma la magnitud del problema. A estos riesgos de origen humano se suman las amenazas naturales, como el impacto de meteoritos, que los astronautas de Artemis II ya han podido presenciar desde la órbita terrestre.
La NASA ha desplazado a la Lunar Reconnaissance Orbiter para fotografiar el lugar del impacto en los próximos días, mientras que la sonda surcoreana Danuri, que pasó cerca del cráter Einstein poco antes de la colisión, podría aportar datos adicionales. El análisis de las imágenes y de las señales sísmicas llevará días o semanas, según Wired, pero los resultados servirán para calibrar los sistemas de detección de impactos y mejorar los protocolos de seguridad de las futuras infraestructuras lunares.
La pregunta de fondo ya no es si habrá más colisiones, sino cómo prepararse para ellas. El impacto del Falcon 9 podría convertirse en el primer paso para transformar la basura espacial de una amenaza imprevisible en un riesgo cuantificable y gestionable.
