En 1919, Henry Ford recuperó el control absoluto de su compañía mediante una maniobra que aún se estudia en las facultades de Derecho. Tras perder en 1919 un juicio contra los hermanos Dodge ante el Tribunal Supremo de Míchigan —que le obligó a repartir 19,2 millones de dólares en dividendos—, el industrial urdió un plan basado en una amenaza creíble: dimitió como presidente, dejó a su hijo Edsel al frente y viajó a California. Desde allí filtró a The New York Times que crearía una nueva empresa para fabricar un coche de entre 250 y 350 dólares, mejor y más barato que el Model T, que ya consideraba obsoleto.
El anuncio provocó el pánico entre los accionistas, temerosos de quedarse con títulos sin valor. Ford envió gestores de inversiones anónimos a comprar discretamente sus participaciones a precios bajos. John Anderson cobró 12,5 millones de dólares por unas acciones compradas en 1903 por 5.000; los herederos del primer presidente, John Gray, recibieron 26,25 millones; y los propios Dodge vendieron por 25 millones. Solo James Couzens, conocedor de un truco similar usado por Ford en 1905 contra su primer socio Alexander Malcomson, se resistió y negoció 13.000 dólares por acción frente a los 12.500 ofrecidos al resto. En julio de 1919, con un crédito de 75 millones de Wall Street, Ford se convirtió en dueño único de la mayor empresa industrial del mundo. El prometido coche de 250 dólares jamás se fabricó: el anuncio solo sirvió para comprar barato lo que en realidad valía una fortuna.
