El etanol de maíz sigue siendo la principal fuente de combustible renovable en Estados Unidos, aunque su escalabilidad y sostenibilidad están bajo escrutinio. En 2024, los agricultores estadounidenses cosecharon 14.900 millones de bushels de maíz, de los cuales 5.500 millones se destinaron a la producción de combustible. Esta cifra equivale a la capacidad calórica de 570 millones de personas, lo que plantea preguntas sobre el uso de recursos alimentarios para la energía. La política actual se basa en el Renewable Fuel Standard, establecido en 2005, que obligó a aumentar la producción de maíz entre 2006 y 2007. Sin embargo, la transición hacia energías renovables más eficientes, como la eólica y la solar, ha reducido la dependencia del combustible líquido. Además, el balance energético y de carbono del etanol de maíz es controvertido: mientras el Departamento de Energía estima un balance positivo, estudios recientes de la Academia Nacional de Ciencias sugieren que su huella de carbono podría ser un 24% mayor que la del gasolina, debido al uso de fertilizantes y cambios en el uso del suelo. Alternativas como la patata industrial y el caña de azúcar ofrecen mayores rendimientos por hectárea, pero no están listas para reemplazar al maíz a gran escala debido a limitaciones climáticas y logísticas. La persistencia del maíz en el sector energético se debe a su arraigo cultural, político y económico en el Medio Oeste de EE. UU., donde genera empleo rural y seguridad energética percibida.
