La creencia popular de que hay que esperar dos horas tras comer antes de bañarse carece de base médica. Ni las guías clínicas ni la Organización Mundial de la Salud reconocen el llamado «corte de digestión» como una enfermedad. El doctor Ángel Jimeno Aranda, de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN), confirma que se trata de un término popular sin relación con el aparato digestivo.
Lo que sí está documentado es el síndrome de inmersión, conocido técnicamente como hidrocución o choque termodiferencial. Se desencadena cuando existe una diferencia de temperatura superior a 5 °C entre el cuerpo y el agua, especialmente si esta está por debajo de 27 °C. En ese momento, los receptores cutáneos envían señales al cerebro que provocan una respuesta refleja con hiperventilación, arritmias y, en los casos más graves, ahogamiento.
La coincidencia con las comidas se explica por la redistribución del flujo sanguíneo hacia el estómago durante la digestión. Si a ello se suma una inmersión brusca en agua fría tras exposición solar, el cuerpo ejecuta una vasoconstricción periférica masiva. El conflicto entre esa demanda sanguínea y la respuesta constrictora estimula el nervio vago, reduce la frecuencia cardiaca y la presión arterial, y puede causar mareo, náuseas, pérdida de visión o síncope.
Los especialistas subrayan que el factor decisivo no es el tiempo transcurrido desde la última comida, sino el modo de entrada al agua. Recomiendan aclimatarse progresivamente, mojándose primero las extremidades, la nuca y el abdomen, y evitar cambios bruscos tras ejercicio físico o insolación, con independencia de si se ha comido o no.
