Europa atraviesa dos crisis simultáneas que están redibujando sus prioridades de gasto: olas de calor cada vez más intensas y la necesidad de reforzar su defensa ante el repliegue estadounidense. Ambas convergen en un mismo proveedor, Turquía, cuya industria de climatización y armamentística vive un auge exportador sin precedentes.
El aire acondicionado ha dejado de ser un electrodoméstico doméstico para convertirse en infraestructura crítica. Escuelas, hospitales, centros de datos e industrias requieren sistemas de refrigeración ante temperaturas que hace una década eran excepcionales. Turquía llevaba años preparándose con una potente industria de climatización, capacidad de fabricación y cercanía logística frente a competidores asiáticos, y ahora sus exportaciones de aires acondicionados y bombas de calor crecen con fuerza.
En paralelo, el rearme europeo ante un escenario geopolítico más incierto ha colocado a la industria de defensa turca en una posición privilegiada. Sus drones, vehículos blindados y municiones ofrecen competitividad, disponibilidad y precios atractivos en un momento en que muchos países buscan nuevos proveedores fuera del eje tradicional. La próxima cumbre de la OTAN en Ankara, con la asistencia de Donald Trump, servirá para exhibir a Turquía como actor imprescindible de la nueva arquitectura de seguridad occidental.
