El consumo de alcohol desencadena una cascada neuroendocrina que modifica radicalmente las preferencias alimentarias, incrementando la ingesta de alimentos salados, grasosos y ultraprocesados mientras reduce el deseo de alimentos dulces. Estudios científicos, como uno publicado en 2015, indican que una dosis de 20 gramos de alcohol aumenta la ingesta de comida en un 11%. Este fenómeno se debe a que el alcohol potencia la respuesta del hipotálamo ante los olores de la comida, estimulando el olfato y aumentando la tentación de entrar en establecimientos de restauración. Además, el cuerpo no compensa bien las calorías líquidas del alcohol; un estudio de 2019 demostró que los adultos no reducen su ingesta en las horas siguientes, sino que consumen más. La investigación identifica a la hormona FGF21 como el mecanismo clave: se activa ante la ingesta de alcohol como una señal de emergencia química que indica la necesidad urgente de proteínas, lo que el cerebro interpreta como una señal para consumir comida hipercalórica. Un análisis reciente de 9.337 adultos de la Encuesta Nacional de Salud de Australia confirmó a gran escala que el consumo de alcohol se correlaciona con un aumento en la ingesta de alimentos salados y una disminución en la de dulces. Sin embargo, el impacto más grave es el 'efecto señuelo' de los alimentos ultraprocesados, que lleva a las personas a comer más de lo necesario, contribuyendo al aumento de peso y a enfermedades metabólicas a largo plazo.
