El artículo argumenta que no existe una epidemia de soledad, sino una epidemia de aislamiento social, descrita metafóricamente como escorbuto. El autor critica la interpretación de datos que sugieren un aumento global en la soledad, señalando que las estadísticas actuales no permiten comparar tendencias históricas ni distinguir entre efectos de edad y de cohorte. En lugar de sentirse más solas, las personas modernas dedican más tiempo a la soledad, con la mitad del tiempo de ocio en EE. UU. dedicado a estar solas en la última década. Esta falta de interacción social no solo no mejora la salud, sino que aumenta los riesgos de depresión, enfermedades cardiovasculares, demencia y mortalidad prematura. El texto ilustra los efectos del aislamiento extremo mediante casos como la mujer española que pasó 500 días en una cueva, quien desarrolló alucinaciones y desorientación. La conclusión es que la mente humana requiere estimulación social para mantener su estructura; de lo contrario, se vuelve frágil y propensa a patologías, similar a cómo el escorbuto afecta al cuerpo por la falta de vitamina C. El artículo invita a reconsiderar la relación entre aislamiento y salud mental, sugiriendo que el problema no es la falta de compañía, sino la falta de interacción significativa.
