El 24 de agosto de 2026, entre las 17:00 y las 18:30, un sistema convectivo descargó lluvias torrenciales y granizo de gran tamaño sobre el Camp de Tarragona. El balance fue de 373 llamadas al 112, 259 intervenciones de los Bombers de la Generalitat, 30 heridos y decenas de árboles arrancados, en un episodio que recuerda a la granizada de La Bisbal d'Empordà de 2022, cuando se demostró que el cambio climático multiplicó la fuerza de esas tormentas. El Servei Meteorològic de Catalunya había avisado, aunque la virulencia superó las previsiones.
A la misma hora, 250 kilómetros más al norte, un tornado supercelular de intensidad estimada EF2-EF3 arrasó Pomas, un municipio de unos mil habitantes en el departamento francés del Aude. Causó más de 300 viviendas dañadas, 26 heridos y vehículos volcados; según el meteorólogo Juan Jesús González Alemán, no se registraba un fenómeno así en la zona desde 1887.
ESTOFEX había emitido la noche anterior un boletín de nivel 3, el máximo de su escala, para Cataluña y Occitania, alertando de granizo muy grande y tormentas de violencia extrema. Ambos eventos compartieron la masa de aire cálido y la humedad bombeada por un Mediterráneo con temperaturas anormalmente altas. Los meteorólogos consultados coinciden en que el mar aporta el combustible y la atmósfera lo organiza: con el otoño por delante y situaciones sinópticas ordinarias, los expertos advierten de que pueden repetirse episodios de esta magnitud.
