Un desarrollador reflexiona sobre cómo la irrupción de los modelos generativos ha transformado su oficio en apenas doce meses. Tras reconocer que hasta la llegada de Opus 4, a mediados de 2024, la calidad del código producido por IA era baja y frustrante, explica que hoy rara vez necesita corregir las propuestas del modelo: la transición ha sido vertiginosa. Aunque admite que muchos compañeros sienten nostalgia o inquietud, defiende que la clave está en redefinir el rol profesional: la IA ejecuta, pero el humano debe decidir qué merece ser construido.
El texto compara la IA con un genio obediente capaz de materializar cualquier idea, buena o mediocre, sin imponer criterio propio. Frente a este panorama, argumenta que la programación está siendo absorbida por otra figura más amplia —diseñador de producto, arquitecto de soluciones o fundador— del mismo modo que el mecanógrafo quedó integrado en el puesto de programador cuando los teclados se generalizaron. Comprender el código seguirá siendo imprescindible, advierte, porque la calidad combina velocidad, usabilidad, fiabilidad, corrección y mantenibilidad, y ningún indicador único basta para que el «genio» acierte.
En la práctica, propone investigar antes de pedir nada al modelo, estudiar buenas y malas referencias, revisar con ojo crítico cada resultado y leer el código fuente con escepticismo. Recomienda cultivar tres habilidades cada vez más valiosas: ojo para la calidad, comunicación clara (incluido un buen inglés) y capacidad de priorizar, escuchando los problemas reales del usuario en lugar de sus peticiones literales. Cierra con un mensaje de esperanza para los desarrolladores más jóvenes: con curiosidad, criterio y ganas de aprender, la IA amplifica su trabajo en lugar de sustituirlo.
